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diciembre 17, 2011

El 26 de octubre de 1949 no fue un día de grandes noticias. El maestro Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción del diario donde hacía mis primeras letras de reportero, terminó la reunión de la mañana con dos o tres sugerencias de rutina. No encomendó una tarea concreta a ningún redactor. Minutos después se enteró por teléfono de que estaban vaciando las criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara, y me ordenó sin ilusiones:

«Date una vuelta por allá a ver qué se te ocurre».

El histórico convento de las clarisas, convertido en hospital desde hacía un siglo, iba a ser vendido para construir en su lugar un hotel de cinco estrellas. Su preciosa capilla estaba casi a la intemperie por el derrumbe paulatino del tejado, pero en sus criptas permanecían enterradas tres generaciones de obispos y abadesas y otras gentes principales. El primer paso era desocuparlas, entregar los restos a quienes los reclamaran, y tirar el saldo en la fosa común. 

Me sorprendió el primitivismo del método. Los obreros destapaban las fosas a piocha y azadón, sacaban los ataúdes podridos que se desbarataban con sólo moverlos, y separaban los huesos del mazacote de polvo con jirones de ropa y cabellos marchitos. Cuanto más ilustre era el muerto más arduo era el trabajo, porque había que escarbar en los escombros de los cuerpos y cerner muy fino sus residuos para rescatar las piedras preciosas y las prendas de orfebrería.

El maestro de obra copiaba los datos de la lápida en un cuaderno de escolar, ordenaba los huesos en montones separados, y ponía la hoja con el nombre encima de cada uno para que no se confundieran. Así que mi primera visión al entrar en el templo fue una larga fila de montículos de huesos, recalentados por el bárbaro sol de octubre que se metía a chorros por los portillos del techo, y sin más identidad que el nombre escrito a lápiz en un pedazo de papel. Casi medio siglo después siento todavía el estupor que me causó aquel testimonio terrible del paso arrasador de los años.

Allí estaban, entre muchos otros, un virrey del Perú y su amante secreta; don Toribio de Cáceres y Virtudes, obispo de esta diócesis; varias abadesas del convento, entre ellas la madre Josefa Miranda, y el bachiller en artes don Cristóbal de Eraso, que había consagrado media vida a fabricar los artesonados. Había una cripta cerrada con la lápida del segundo marqués de Casalduero, don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, pero cuando la abrieron se vio que estaba vacía y sin usar. En cambio los restos de su marquesa, doña Olalla de Mendoza, estaban con su lápida propia en la cripta vecina. El maestro de obra no le dio importancia: era normal que un noble criollo hubiera aderezado su propia tumba y que lo hubieran sepultado en otra. 

En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia. La lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas a un cráneo de niña. En la hornacina no quedó nada más que unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lápida de cantería carcomida por el salitre sólo era legible un nombre sin apellidos: Sierva María de Todos los Ángeles. Extendida en el suelo, la cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros.

El maestro de obra me explicó sin asombro que el cabello humano crecía un centímetro por mes hasta después de la muerte, y veintidós metros le parecieron un buen promedio para doscientos años. A mí, en cambio, no me pareció tan trivial, porque mi abuela me contaba de niño la leyenda de una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día, y el origen de este libro.


Gran prólogo, gran libro, gran genio literario. "Del amor y otros demonios", de Gabriel García Márquez.

noviembre 27, 2011


Julieta no tendría que haberse suicidado por Romeo, él en su lugar la hubiese llorado una semana y se habría conseguido una puta para ahogar las penas.

agosto 27, 2011

Sabés
dijiste
nunca
nunca fui tan feliz como esta noche.
Nunca. Y me lo dijiste
en el mismo momento
en que yo decidía no decirte
sabés
seguramente me engaño
pero creo
pero esta noche me parece
la noche más hermosa de mi vida.



Sabés - Idea Vilariño

mayo 21, 2011

Después de todo, valió la pena, en todo el sentido de la frase. Cuando escuché tu voz diciendo mi nombre, supe que me extrañabas tanto como yo a ti. Y después me describiste una a una tus penas desde aquel trágico domingo; todas y cada una tenían que ver conmigo. Fue lindo saber que me echabas de menos tanto como yo a ti, y que lo habías sufrido tan dentro y profundo como yo. Fue como oír la melodía infinitamente calma del mar, cuando dijiste que pensabas llamarme al día siguiente, y que si se acababa el mundo esa misma noche, irías a buscarme aunque me encontrara a cientos de quilómetros. Fue tan hermoso escuchar de vuelta tu risa, que ya no sé si lloro de alegría o de puro gusto, porque sufrí tanto que se volvió una costumbre. Solo sé que recordé lo que sentí al principio, que debía protegerte con todo mi ser, aún sin tener motivos para hacerlo. Sentí de vuelta que sobrevolaría el mundo entero solo para verte sonreír, sentí de vuelta que te amo.

marzo 22, 2011

La televisión brillando en medio de la oscuridad, sin volúmen, y la música pacíficamente triste penetrando en mis oídos. Ojalá sea de nunca acabar, y una corriente de briza tibia me lleve así, en este estado de transe, hacia otro mundo. Ese en el que siempre quise estar, ese al que sé que pertenezco pero no puedo encontrar. Ese que me seduce lentamente pero que al mismo tiempo pierde sentido cuando la luz del sol, enérgica, sustituye a la de la luna, lúgubre y misteriosa. Un grito de conciencia invade de a poco mi garganta, y paulatinamente todo se vuelve lo que en verdad es, todo se vuelve incompleto. Nadie sabe lo que hay dentro, nadie lo sabe de verdad, y solo la música sirve para tapar los pensamientos que invaden y no dejan vivir. Solo cerrarse y seguir, o enfrentar la verdad. Me pregunto qué deberé hacer, aunque muy dentro, no lo quiero saber jamás... 

RoxyRoller!
Ese segundo, ese suspiro suspendido en el aire, en el tiempo, escondiendo miles de interrogantes, como las hojas de un libro que, con el paso de los años, se han ido desgastando y cientos de letras se han perdido en el vacío, algunas deducibles, otras que simplemente tendremos que olvidar...
El momento perfecto que luego se diluye en el vapor de una calurosa tarde de enero, que ansiamos recuperar, mas nunca vuelve; cada uno de los instantes de la vida es distinto, y eso los hace especiales.
Quizá fue ese segundo imperceptible, esa sonrisa distraída e inocente, ese aroma, o quizá una combinación infinitamente perfecta, lo que sedujo a mi ser hasta la locura, interminantemente lúgubre pero placentera. Quizá fue solo que nací así, quizá no fue ninguno de esos momentos  particulares y misteriosos, con la mirada colgada a un gancho invisible clavado al vacío... Quizá fue la vida quien me hizo así, tan peculiar y con tantos recovecos interiores que nadie, ni siquiera yo misma, nunca llegará a descubrir. Mas solo puedo suponer, nunca lo sabré. Solo sé que mataría porque esta sensación jamás llegue a su fin...

RoxyRoller!